En la entrada “La escritura como terapia II” comenté que más adelante me detendría a explicar los resultados de los experimentos realizados por James W. Pennebaker para investigar las relaciones entre la expresividad y la salud. ¡Ha llegado el momento!
En la década de los 80, este psicólogo investigador comenzó a realizar interesantes investigaciones sobre la incidencia que la escritura podría tener en la salud física y el estado de ánimo.
Experimento 1: estudiantes universitarios
Se eligió una muestra de 46 estudiantes de Psicología para escribir 15 minutos diariamente, durante 4 días. Fueron asignados, azarosamente, a cuatro grupos a los que se le dieron indicaciones diferentes:
1) Escribir sobre los hechos más traumáticos de su vida, focalizándose solo en los hechos y no en los sentimientos.
2) Escribir sobre los hechos más traumáticos de su vida, focalizándose solo en los sentimientos y no los hechos.
3) Escribir sobre los hechos más traumáticos de su vida centrándose tanto en los hechos como en los sentimientos.
4) Escribir sobre temas superficiales y tópicos irrelevantes = grupo de control.
A todos se les aseguró absoluta confidencialidad. Cada día, al terminar la actividad, los estudiantes rellenaban un cuestionario sobre su estado de ánimo. Asimismo, lo hicieron cuatro meses después, evaluando sus sentimientos a largo plazo referidos al experimento.
Resultados:
Inmediatamente después de escribir sobre sus experiencias dolorosas, los estudiantes se sentían tristes y su estado de ánimo empeoraba. Sin embargo, seis meses después, comprobaron a través de un informe del centro médico de la Universidad que quienes habían escrito sobre los hechos y sus sentimientos (grupo 3) mostraban una marcada disminución del 50% en el número de visitas por enfermedad a dicha clínica.
Más adelante, se repitió otro experimento con estudiantes universitarios, pero investigando las incidencias de la escritura sobre el sistema inmunitario. Se eligieron 50 alumnos, se dividieron en dos grupos, uno de los cuales tenía que escribir sobre experiencias traumáticas y el otro sobre hechos irrelevantes. Igual que en el experimento anterior, escribieron 20 minutos durante 4 días, pero a estos se les extrajo sangre (para medir linfocitos T) el día antes de escribir, al terminar la última sesión de escritura y seis meses después.
Resultados:
Los que escribieron sobre sus pensamientos y sentimientos más profundos en torno a las experiencias traumáticas mostraron evidencias de una función inmune superior a la de los que escribieron sobre temas superficiales.
Este efecto estaba a su nivel más elevado el último día del estudio, pero tendía a mantenerse durante seis semanas. Las visitas al centro de salud universitario también disminuyeron.
Experimento 2: desempleados
En este experimento participaron hombres que habían sido despedidos de sus empleos después de haber trabajado en la misma compañía durante la mayor parte de su vida. Se dividieron en tres grupos:
-A los integrantes del primer grupo se les pidió que escribieran durante media hora diaria, por cinco días, sobre sus “pensamientos y sentimientos más profundos” respecto a su despido del trabajo.
-Los del segundo solo tenía que escribir sobre la manera en la que administraban su tiempo.
-El tercer grupo no escribió nada.
Resultados:
-Tras tres meses, el 27% de los hombres en el grupo experimental tenían un nuevo trabajo, mientras que solo el 5% de los que escribieron sobre la administración de su tiempo estaban empleados.
-Meses más tarde, el 53% de las personas del primer grupo tenían trabajo, mientras que solo el 18% de los otros dos grupos había conseguido un empleo.
-Todos los hombres de los tres grupos habían tenido el mismo número de entrevistas de trabajo.
Experimento 3: medio educativo
Al principio de la clase se daba una breve descripción sobre las ideas principales de la lectura y las exposiciones. Enseguida, los estudiantes tenían que escribir sin interrupción durante 10 minutos sobre “sus pensamientos y sentimientos más profundos sobre el tema”.
-Después de escribir, los estudiantes participaban en la discusión de manera mucho más productiva y creativa.
-El ausentismo bajó y las calificaciones en sus exámenes mejoraron drásticamente.
A partir de estos resultados se multiplicaron las investigaciones siguiendo el modelo del doctor Pennebaker en EE.UU., Europa, Lationamérica... Todos los resultados recogieron diversas mejorías en las personas que habían escrito sobre sus traumas, a diferencia de lo que ocurría con los que solo habían escrito sobre hechos superficiales. Iremos viendo más casos en próximas entradas...
Parece ser, por tanto, que la escritura tiene efectos (comprobados experimentalmente) muy positivos sobre la salud, el control de las emociones y los éxitos que pueden obtenerse en la vida. En palabras de Pennebaker: «con el tiempo y la ayuda de decenas de investigaciones... hoy sabemos que la escritura expresiva provoca una serie de efectos en cascada sobre la salud física: estimula la protección inmunológica, relaja y mejora la calidad del sueño, ayuda a controlar la presión arterial, reduce el consumo de alcohol y fármacos. Además, reordena el pensamiento, promueve la conexión con los otros y disminuye las crisis depresivas. Parece mágico». Y tanto que parece mágico, la magia de la palabra es enorme y muy poderosa...
¿Qué opinas tú sobre este tema? ¿Estás de acuerdo? ¿Tienes alguna experiencia positiva relacionada con la escritura?
EL HECHIZO DE LA PALABRA
jueves, 12 de enero de 2012
La escritura como terapia (III)
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Escrituroterapia
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domingo, 25 de diciembre de 2011
Ya estás aquí, Navidad
Ya
estás aquí, Navidad, otra vez nos miramos a los ojos. Llegas de
nuevo, sin consultar, sin pedir permiso... Vienes para los que te
ansían y acogen en su seno de felicidad, pero también para aquel
que se refugia en un portal, intranquilo, frío e insomne por el
rugir de su vientre; para quien sufre su luto, más o menos reciente,
y solo respira ausencias; para el enfermo, que cierra los ojos
rogando esa paz que mitigue su dolor; para los padres que lloran por
no poder llenar su mesa, por no conseguir mantener su hogar; para los
desilusionados que vieron cómo sus esperanzas se ahogaban en cada
intento frustrado; para los solitarios que nadie abraza ni acaricia,
ni sienten el roce de una mano amiga; para quien ya no recuerda ni
quién fue; para aquellos a los que el rencor ha borrado cualquier
rastro de amor; para los que viven en guerra; para los que tuvieron
que dejar su patria, familia y recuerdos...
Las
cosas no andan muy bien por aquí y nos hace falta que este año, más
que nunca, traigas tu zurrones bien cargaditos de fuerzas para
soportar tantas desgracias; de gafas de colores que mitiguen la
profunda oscuridad; de mucha salud que erradique tantos indignos
sufrimientos; de perdones y afectos, caricias y abrazos; de botones
para apagar los bombardeos; de luces que calienten e iluminen; de
agua y alimentos para que nadie se duerma con sed ni tenga que morir
de hambre; de conquistas de derechos básicos, hogares y trabajos; de
principios y moral para que nadie pisotee, robe ni aplaste; de ilusiones para creer que podemos, esperanzas y sueños a los que agarrarnos en cada despertar...
Entiendo
que tú sola no puedas con todo, nos hacen falta demasiadas cosas,
pero comprende tú también a todos aquellos que no te sonríen, te
dan la espalda, ignoran tu presencia, critican tus luces de colores,
detestan la felicidad forzada que pareces promulgar y desconfían de
tu espíritu...
Acuérdate especialmente de quienes más sufren, Navidad...
¡Salud, paz y amor para todos!
Foto de Máximo Ciotta, bajo licencia de creative common http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/2.0/deed.es
¡Salud, paz y amor para todos!
Foto de Máximo Ciotta, bajo licencia de creative common http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/2.0/deed.es
lunes, 7 de noviembre de 2011
Amigos
–¿Otra vez esa cara?
¿Qué piensas ahora? –preguntó Javier, bastante acostumbrado a
aquella expresión.
–Estoy harto, tío.
Otra vez uno de estos días en los que el dolor te martillea sin
descanso... ¿Sabes a qué me refiero? No te pasa nada concreto pero
al mismo tiempo duele, y el desconsuelo crece y aumenta cuantas menos
razones encuentras para su existencia...
… Sé que es fugaz...
No dura tanto... Un día te despiertas y de nuevo están las ganas,
la ilusión de empezar... y todo vuelve a ser normal, entonces, ¿no
es inútil tanta aflicción? Y si lo es, ¿acaso resta eso intensidad
al sentimiento?...
… A veces me asusto
pensando que una desgracia mayor me ayudaría a poner las cosas en su
sitio, darle su justa medida..., como si quisiera que algo malo
ocurriera...
–Vamos a ver, Daniel
–Javier siempre pronunciaba su nombre completo cuando le hablaba
tan en serio–, tienes que pensar en positivo, ya sabes eso que
dicen: “todo sucede por alguna razón”.
–Pero ¿qué coño me
estás diciendo? No me vengas tú también con esas. ¿Para qué
demonios sirve esto? Yo sé que las dificultades ayudan a superarnos,
que nada es fácil, ¿cómo no voy a saberlo si nunca lo ha sido para
mí? Pero esto es diferente... esto machaca, martillea mi jodida
cabeza y no consigo econtrar la salida... Te juro que lo daría todo
por sentirme por un minuto tranquilo, en paz conmigo mismo, por que
se encendiera una linternita y me alumbrara el camino...
–Las luces no se
encienden porque sí, chaval, somos nosotros los que pulsamos el
dichoso botoncito... ¿Que no sabes dónde está? En eso consiste el
juego, tío. Yo siempre estaré aquí para ayudarte a buscarlo.
Javier sonrió con esa
preciosa expresión que tienen las personas carismáticas, aquellas
que naturalmente ven lo positivo en cualquier situación, los buenos
amigos de sus amigos...
Dani lo miró y sintió
un profundo afecto. Siempre que se encontraba tan mal, tenerle
cerca..., aunque no hablaran, aliviaba enormemente su dolor, ¡le
quería, vaya si le quería...! Aunque eso nunca se lo había dicho,
ni se lo diría, ¿hacía falta?
Le dio una palmada en el
hombro amagando un abrazo y sin mediar palabra se dirigieron al bar
de Antonio. Después de un par de botellines el dolor sería algo más
leve, aunque eso Dani jamás lo reconocería, ¡tenía que mantener
aquella imagen de bohemio pesimista! Después de todo, solo él sabía
en qué consistía aquel dolor apasionado, que no lo era menos por
ser fugaz...
Gracias por la foto a la galería de Mavi (Flickr).
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Relatos propios
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lunes, 24 de octubre de 2011
La escritura como terapia (II)
Como apuntaba al final de la entrada anterior, a lo largo de la historia, muchos profesionales de la psicología y la literatura han puesto de manifiesto la importancia de la palabra y sus diversas indicaciones para aumentar el beneficio físico y mental.
Freud decía que podían eliminarse las alteraciones patológicas de la mente a través de las palabras y gracias a esta idea otorgaba a las palabras un poder mágico, una magia suavizada.
El gran novelista David Foster Wallace decía: “¿Cómo voy a saber lo que pienso antes de decirlo?”.
El poeta argentino Juan Gelman sostiene: “El no saber sabiendo es la característica de la poesía. El poeta se sorprende de lo que escribe y se entera de lo que le pasa leyendo lo que escribe”.
James W. Pennebaker (University of Texas, Austin) ha dedicado gran parte de su carrera como investigador al estudio de las relaciones entre la expresividad y la salud, concluyendo que convertir las experiencias en palabras es sumamente conveniente para la salud y la estabilidad afectiva. A la pregunta “¿Por qué escribir sobre las experiencias traumáticas mejora la salud?” afirma Pennebaker: “Una respuesta importante es de tipo cognitivo. Las personas piensan de manera distinta después de escribir sobre los traumas. Al traducir las experiencias al lenguaje humano comienzan a organizar y estructurar las que parecen ser infinitas facetas de los hechos apabullantes”.
Para este investigador, una de las características más importantes de la escritura es su poder catártico, es decir, la manera en que facilita la expresión de las emociones. Escribir:
- Aclara la mente.
- Resuelve traumas que interfieren en nuestras vidas.
- Ayuda a adquirir y retener información nueva.
- Ayuda a resolver problemas.
En posteriores entradas me detendré a explicar los resultados de los experimentos realizados en este sentido.
Ziley Mora Penroz (Chile), escritor, etnógrafo, educador y filósofo, consultor independiente en Procesos Humanos, es creador, además, de la disciplina denominada “ontoescritura”. Se trata de una propuesta de desarrollo del “ser” a través de la dimensión terapéutico-espistemológica que posee particularmente la escritura autobiográfica. “La realidad que somos termina siendo el resultado de una narración, un relato subjetivo. La manera como escribimos nuestra biografía es lo que la determina. Somos hijos de nuestros sueños, de nuestros deseos o de nuestros temores”.
Para terminar, copio a continuación una entrevista realizada al escritor argentino Jorge Luis Borges en 1993:
[ ] - ¿No sufre de insomnio?
- He sufrido mucho de insomnio y he escrito un cuento que refleja eso.
- Por eso le preguntaba. Pensaba en "Funes el memorioso".
- Ese cuento voy a contarle un detalle que quizá pueda interesarle. Yo padecía mucho de insomnio. Me acostaba y empezaba a imaginar. Me imaginaba la pieza, los libros en los estantes, los muebles, los patios. El jardín de la quinta de Adrogué esto era en Adrogué. Imaginaba los eucaliptos, la verja, las diversas casas del pueblo, mi cuerpo tendido en la oscuridad. Y no podía dormir. De allí salió la idea de un individuo que tuviera una memoria infinita, que estuviera abrumado por su memoria, no pudiera olvidarse de nada, y por consiguiente no pudiera dormirse. Pienso en una frase común, " recordarse", que es porque uno se olvidó de uno mismo y al despertarse se recuerda. Y ahora viene un detalle casi psicoanalítico, cuando yo escribí ese cuento se me acabó el insomnio. Como si hubiera encontrado un símbolo adecuado para el insomnio y me liberara de él mediante ese cuento.
- Como si el escribir el cuento hubiera tenido una consecuencia terapéutica.
- Sí.
¿Os parece interesante este tema? Si la respuesta es afirmativa se agradece que me ayudéis a difundir la entrada, si no, cualquier comentario, sugerencia, crítica..., serán bien acogidas. ¡Gracias por leerme!
Freud decía que podían eliminarse las alteraciones patológicas de la mente a través de las palabras y gracias a esta idea otorgaba a las palabras un poder mágico, una magia suavizada.
El gran novelista David Foster Wallace decía: “¿Cómo voy a saber lo que pienso antes de decirlo?”.
El poeta argentino Juan Gelman sostiene: “El no saber sabiendo es la característica de la poesía. El poeta se sorprende de lo que escribe y se entera de lo que le pasa leyendo lo que escribe”.
James W. Pennebaker (University of Texas, Austin) ha dedicado gran parte de su carrera como investigador al estudio de las relaciones entre la expresividad y la salud, concluyendo que convertir las experiencias en palabras es sumamente conveniente para la salud y la estabilidad afectiva. A la pregunta “¿Por qué escribir sobre las experiencias traumáticas mejora la salud?” afirma Pennebaker: “Una respuesta importante es de tipo cognitivo. Las personas piensan de manera distinta después de escribir sobre los traumas. Al traducir las experiencias al lenguaje humano comienzan a organizar y estructurar las que parecen ser infinitas facetas de los hechos apabullantes”.
Para este investigador, una de las características más importantes de la escritura es su poder catártico, es decir, la manera en que facilita la expresión de las emociones. Escribir:
- Aclara la mente.
- Resuelve traumas que interfieren en nuestras vidas.
- Ayuda a adquirir y retener información nueva.
- Ayuda a resolver problemas.
En posteriores entradas me detendré a explicar los resultados de los experimentos realizados en este sentido.
Ziley Mora Penroz (Chile), escritor, etnógrafo, educador y filósofo, consultor independiente en Procesos Humanos, es creador, además, de la disciplina denominada “ontoescritura”. Se trata de una propuesta de desarrollo del “ser” a través de la dimensión terapéutico-espistemológica que posee particularmente la escritura autobiográfica. “La realidad que somos termina siendo el resultado de una narración, un relato subjetivo. La manera como escribimos nuestra biografía es lo que la determina. Somos hijos de nuestros sueños, de nuestros deseos o de nuestros temores”.
Para terminar, copio a continuación una entrevista realizada al escritor argentino Jorge Luis Borges en 1993:
[ ] - ¿No sufre de insomnio?
- He sufrido mucho de insomnio y he escrito un cuento que refleja eso.
- Por eso le preguntaba. Pensaba en "Funes el memorioso".
- Ese cuento voy a contarle un detalle que quizá pueda interesarle. Yo padecía mucho de insomnio. Me acostaba y empezaba a imaginar. Me imaginaba la pieza, los libros en los estantes, los muebles, los patios. El jardín de la quinta de Adrogué esto era en Adrogué. Imaginaba los eucaliptos, la verja, las diversas casas del pueblo, mi cuerpo tendido en la oscuridad. Y no podía dormir. De allí salió la idea de un individuo que tuviera una memoria infinita, que estuviera abrumado por su memoria, no pudiera olvidarse de nada, y por consiguiente no pudiera dormirse. Pienso en una frase común, " recordarse", que es porque uno se olvidó de uno mismo y al despertarse se recuerda. Y ahora viene un detalle casi psicoanalítico, cuando yo escribí ese cuento se me acabó el insomnio. Como si hubiera encontrado un símbolo adecuado para el insomnio y me liberara de él mediante ese cuento.
- Como si el escribir el cuento hubiera tenido una consecuencia terapéutica.
- Sí.
¿Os parece interesante este tema? Si la respuesta es afirmativa se agradece que me ayudéis a difundir la entrada, si no, cualquier comentario, sugerencia, crítica..., serán bien acogidas. ¡Gracias por leerme!
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Escrituroterapia
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La escritura como terapia (I)
Voy a comenzar esta serie de entradas tratando de expresar, con la intensidad y matices que me sea posible, qué ha supuesto y supone para mí la escritura y por qué creo en su eficacia como terapia. Para ello he tenido que superar el miedo y las reservas que me impiden desvelar hasta los aspectos más livianos de mi intimidad, pero en esta ocasión ¡creo que el objetivo merece la pena!
Desde muy pequeña encontré en la escritura un entretenimiento, tendría apenas nueve años cuando creé mi primera “novela”, El fantasma del castillo de Flaherty, inspirada en mis libros preferidos, de la colección Los cinco.
Más tarde llegó la adolescencia y la agitación propia de esa etapa siempre encontraba en hojas de papel, fuera cual fuera su formato, el lugar donde recoger las emociones desbordadas que no cabían en el pecho, tan inmaduro aún. Fueron muchos los diarios, los papeles en sucio, ¡hasta las servilletas!, que rellené por entonces tratando de entender qué me sucedía, intentando conocerme, desahogando los intensos arrebatos emocionales, buscando la razón de ese profundo descontento, confesando sentimientos secretos... Puede parecer exagerado, pero hoy sé que no sería la adulta que soy si no hubiera convertido a la escritura en mi mejor aliada durante aquella convulsa época.
Fui creciendo y llegó la madurez, el trabajo, los viajes... Nunca me faltó un cuaderno en un trayecto en un tren, en un avión, apretando fuertemente mis manos para calmarme cuando no había nadie cercano que aplacara los temores, ante las nuevas vivencias, los retos... Poco a poco las palabras fueron convirtiéndose también en la forma en la que me ganaba la vida y hacia ellas fui orientando mi carrera.
En una época más serena, con menos que desahogar pero más decisiones que tomar, la escritura fue el mejor medio para ordenar mis pensamientos, cristalizar mis deseos, decidir mis objetivos, organizar mis acciones, en definitiva, ponerle fecha a mis sueños...
Y muchos años después volvió la creatividad de la niñez y comencé a jugar con las palabras, inventando mundos imaginarios donde a veces me refugiaba, fotografiando almas, recogiendo experiencias, denunciando injusticias...
¡Benditas palabras! Basta repasar aquellas destacadas en negrita para extraer una síntesis de cuáles son las múltiples aplicaciones que le encuentro a la escritura. ¿Entonces, por qué no defender las posibilidades terapeúticas de algo que a mí me ha concecido tan valiosísimos beneficios?
Pero claro, habrá quien esté pensando que no se puede defender un tema así guiándose por una experiencia personal. ¡Por supuesto que no! Nada más lejos de mi intención, por eso a partir de ahora voy a hacer una introducción teórica, un resumen de la opinión de muchos profesionales que han puesto de manifiesto la importancia de la palabra y sus diversas indicaciones para aumentar el beneficio físico y mental. Si te interesa el tema, sigue leyendo “La escritura como terapia (II)”. Y no olvides que ¡esta página se alimenta de tus comentarios! ¡Gracias por leerme!
Desde muy pequeña encontré en la escritura un entretenimiento, tendría apenas nueve años cuando creé mi primera “novela”, El fantasma del castillo de Flaherty, inspirada en mis libros preferidos, de la colección Los cinco.
Más tarde llegó la adolescencia y la agitación propia de esa etapa siempre encontraba en hojas de papel, fuera cual fuera su formato, el lugar donde recoger las emociones desbordadas que no cabían en el pecho, tan inmaduro aún. Fueron muchos los diarios, los papeles en sucio, ¡hasta las servilletas!, que rellené por entonces tratando de entender qué me sucedía, intentando conocerme, desahogando los intensos arrebatos emocionales, buscando la razón de ese profundo descontento, confesando sentimientos secretos... Puede parecer exagerado, pero hoy sé que no sería la adulta que soy si no hubiera convertido a la escritura en mi mejor aliada durante aquella convulsa época.
Fui creciendo y llegó la madurez, el trabajo, los viajes... Nunca me faltó un cuaderno en un trayecto en un tren, en un avión, apretando fuertemente mis manos para calmarme cuando no había nadie cercano que aplacara los temores, ante las nuevas vivencias, los retos... Poco a poco las palabras fueron convirtiéndose también en la forma en la que me ganaba la vida y hacia ellas fui orientando mi carrera.
En una época más serena, con menos que desahogar pero más decisiones que tomar, la escritura fue el mejor medio para ordenar mis pensamientos, cristalizar mis deseos, decidir mis objetivos, organizar mis acciones, en definitiva, ponerle fecha a mis sueños...
Y muchos años después volvió la creatividad de la niñez y comencé a jugar con las palabras, inventando mundos imaginarios donde a veces me refugiaba, fotografiando almas, recogiendo experiencias, denunciando injusticias...
¡Benditas palabras! Basta repasar aquellas destacadas en negrita para extraer una síntesis de cuáles son las múltiples aplicaciones que le encuentro a la escritura. ¿Entonces, por qué no defender las posibilidades terapeúticas de algo que a mí me ha concecido tan valiosísimos beneficios?
Pero claro, habrá quien esté pensando que no se puede defender un tema así guiándose por una experiencia personal. ¡Por supuesto que no! Nada más lejos de mi intención, por eso a partir de ahora voy a hacer una introducción teórica, un resumen de la opinión de muchos profesionales que han puesto de manifiesto la importancia de la palabra y sus diversas indicaciones para aumentar el beneficio físico y mental. Si te interesa el tema, sigue leyendo “La escritura como terapia (II)”. Y no olvides que ¡esta página se alimenta de tus comentarios! ¡Gracias por leerme!
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lunes, 17 de octubre de 2011
Un poquito de tolerancia, ¡por favor!
He leído algo en mi muro de facebook que me ha causado un enorme fastidio. Vamos que estoy muy pero que muy cabreada, y un poco indignada (por usar una palabra trending topic). No hay demasiadas cosas que me provoquen estas sensaciones, pero sin duda siempre lo consiguen la falta de respeto, los insultos y la radicalidad (ya vayan juntos o cada uno por su lado).
Trato de venirme abajo pensando que cada cual se retrata como lo que es y que, quizá, en el pecado lleve la penitencia..., pero ni por esas consigo quitarme ese malestar originado, una vez más, por la intolerancia.
¿Por qué necesitas insultar para sostener tus ideas? ¿Tan claro tienes que por defender aquello en lo que crees, inmaterial y etéreo, merece la pena pisar a quien discrepa de ello? ¿Por qué temes tanto a la pluralidad y la variedad, no piensas que en ellas está la riqueza? Si hasta los mejores intelectuales dudan cada día de aquello que aprenden y se despiertan dispuestos a desaprender para volver a empezar, ¿tanta seguridad tienes de estar en la posición correcta? Verdaderamente no lo entiendo. Me da pena, y también rabia...
La tolerancia surge en mí de una forma natural (afortunada yo por la educación que me han dado). Me encantan los debates, me enriquecen y crezco con la diversidad, pero cuando advierto que alguien tiene que aplastar, desprestigiar, machacar, manipular, mentir, tergiversar... para hacer valer sus creencias, veo esfumarse la fuerza de los argumentos y entonces con la misma intensidad natural dejo de respetar.
La cultura..., el conocimiento..., el saber..., la apertura de mente... ¡favorecen la tolerancia!; el viajar abre la mente, la lectura aumenta la cultura y no hay saber sin conocimientos. Así que, antes de insultar o agredir para salir triunfante, reflexiona un poquitín, lee, haz un viaje..., pero a mí y a los que tratamos de vivir tranquilos sin ofender a nadie, ¡déjanos en paz, haz el favor!
Ahora que las palabras han efectuado su efecto terapeútico y se han desanudado parte de las emociones que me oprimían, ¡ya no estoy enfadada!, solo me queda la pena, tristeza de saber que mañana volverás a insultar, pesadumbre porque de nuevo intentarás mancharlo todo con tu ira, desasosiego que solo la mediocridad puede producirme...
Trato de venirme abajo pensando que cada cual se retrata como lo que es y que, quizá, en el pecado lleve la penitencia..., pero ni por esas consigo quitarme ese malestar originado, una vez más, por la intolerancia.
¿Por qué necesitas insultar para sostener tus ideas? ¿Tan claro tienes que por defender aquello en lo que crees, inmaterial y etéreo, merece la pena pisar a quien discrepa de ello? ¿Por qué temes tanto a la pluralidad y la variedad, no piensas que en ellas está la riqueza? Si hasta los mejores intelectuales dudan cada día de aquello que aprenden y se despiertan dispuestos a desaprender para volver a empezar, ¿tanta seguridad tienes de estar en la posición correcta? Verdaderamente no lo entiendo. Me da pena, y también rabia...
La tolerancia surge en mí de una forma natural (afortunada yo por la educación que me han dado). Me encantan los debates, me enriquecen y crezco con la diversidad, pero cuando advierto que alguien tiene que aplastar, desprestigiar, machacar, manipular, mentir, tergiversar... para hacer valer sus creencias, veo esfumarse la fuerza de los argumentos y entonces con la misma intensidad natural dejo de respetar.
La cultura..., el conocimiento..., el saber..., la apertura de mente... ¡favorecen la tolerancia!; el viajar abre la mente, la lectura aumenta la cultura y no hay saber sin conocimientos. Así que, antes de insultar o agredir para salir triunfante, reflexiona un poquitín, lee, haz un viaje..., pero a mí y a los que tratamos de vivir tranquilos sin ofender a nadie, ¡déjanos en paz, haz el favor!
Ahora que las palabras han efectuado su efecto terapeútico y se han desanudado parte de las emociones que me oprimían, ¡ya no estoy enfadada!, solo me queda la pena, tristeza de saber que mañana volverás a insultar, pesadumbre porque de nuevo intentarás mancharlo todo con tu ira, desasosiego que solo la mediocridad puede producirme...
viernes, 15 de julio de 2011
PARA "LA ELEGANCIA DEL ERIZO"
Siempre me gustó la belleza oculta bajo la apariencia tosca y áspera de ciertas púas… Me apasiona el hallazgo de ese “lugar” donde uno puede ser quien es, así como la idea de encontrar “el escondite ideal” donde refugiarse de tanta mediocridad, falsedad, hipocresía…
Y ahora, gracias a Paloma, Renée y el señor Kakuro Ozu, revivo muchas de las reflexiones y pensamientos que yo misma he rumiado. ¡Qué grandes personajes! De mayor, Paloma, quiero ser como tú –sí, paradójicamente, sé que tienes once años–, contagiarme de tu integridad absoluta, tu profundidad magnánima… ¿Sabes? A mí también me asusta el destino grabado en la frente, pero ¡no! Siempre podemos hacer algo para cambiar lo que somos, lo que tenemos, tú solita lo descubrirás… Nunca te arrepentirás de elegir el “camino difícil”, de mirar de frente a la vida, de romper con lo que de ti se espera… ¡Eres fantástica!
René, ¡cuánto has sufrido! Pareces contener tú solita el dolor de todas esas injusticias y diferencias que han obcecado a tantas generaciones, empeñadas en distinguirnos, por dinero, posición, edad, lugar de nacimiento… ¡Vaya con lo que te deparaba el destino! Al menos, aunque siempre ocultándote,supiste encontrar tu lugar, como te dijo Paloma, hasta que llegó quien sí supo mirarte y ver lo que existía tras tu apariencia… ¡elegancia de la buena!
¡Oh! ¡Misterioso vecino!, ¡qué agradable tu presencia! ¡Qué bonito hogar el tuyo! Todo tan sencillo, ordenado, práctico y diáfano… pero extremadamente confortable. ¡Me encanta lo que representas! Esa capacidad de interesarte de verdad por las personas, superando el egocentrismo que a veces nos secuestra en la dichosa pecera, la cual Paloma tanto teme y trata de evitar hasta con su drástico plan... Y como ella misma pronto descubrió, emanas “educación”, y “clase”, entendiendo por estas la capacidad para hacer sentir al otro que “está ahí”. ¡Cuánto escasean tus nobles maneras!
Cuánto daría por comerme con vosotros tres uno de esos dulces que prepara Manuela… ver una película en la sala de cine de Kakuro, charlar… y esponjarme con vuestra extenuante cultura sobre la literatura rusa, el cine japonés y el arte pictórico…
Me habéis hecho pasar unos días geniales y, sobre todo, volver a reflexionar sobre lo que nunca se debe olvidar… infinitas gracias a vuestra madre, intentaré leerte más, Muriel Barbery.
Y ahora, gracias a Paloma, Renée y el señor Kakuro Ozu, revivo muchas de las reflexiones y pensamientos que yo misma he rumiado. ¡Qué grandes personajes! De mayor, Paloma, quiero ser como tú –sí, paradójicamente, sé que tienes once años–, contagiarme de tu integridad absoluta, tu profundidad magnánima… ¿Sabes? A mí también me asusta el destino grabado en la frente, pero ¡no! Siempre podemos hacer algo para cambiar lo que somos, lo que tenemos, tú solita lo descubrirás… Nunca te arrepentirás de elegir el “camino difícil”, de mirar de frente a la vida, de romper con lo que de ti se espera… ¡Eres fantástica!
René, ¡cuánto has sufrido! Pareces contener tú solita el dolor de todas esas injusticias y diferencias que han obcecado a tantas generaciones, empeñadas en distinguirnos, por dinero, posición, edad, lugar de nacimiento… ¡Vaya con lo que te deparaba el destino! Al menos, aunque siempre ocultándote,supiste encontrar tu lugar, como te dijo Paloma, hasta que llegó quien sí supo mirarte y ver lo que existía tras tu apariencia… ¡elegancia de la buena!
¡Oh! ¡Misterioso vecino!, ¡qué agradable tu presencia! ¡Qué bonito hogar el tuyo! Todo tan sencillo, ordenado, práctico y diáfano… pero extremadamente confortable. ¡Me encanta lo que representas! Esa capacidad de interesarte de verdad por las personas, superando el egocentrismo que a veces nos secuestra en la dichosa pecera, la cual Paloma tanto teme y trata de evitar hasta con su drástico plan... Y como ella misma pronto descubrió, emanas “educación”, y “clase”, entendiendo por estas la capacidad para hacer sentir al otro que “está ahí”. ¡Cuánto escasean tus nobles maneras!
Cuánto daría por comerme con vosotros tres uno de esos dulces que prepara Manuela… ver una película en la sala de cine de Kakuro, charlar… y esponjarme con vuestra extenuante cultura sobre la literatura rusa, el cine japonés y el arte pictórico…
Me habéis hecho pasar unos días geniales y, sobre todo, volver a reflexionar sobre lo que nunca se debe olvidar… infinitas gracias a vuestra madre, intentaré leerte más, Muriel Barbery.
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